Últimamente estuve pensando bastante en esto porque me di cuenta de la cantidad de veces que imaginé que me iba a sentir diferente cuando lograra determinadas cosas, y no hablo solamente de objetivos grandes. Porque a veces eran proyectos, otras veces decisiones importantes, otras veces problemas que necesitaba resolver. Pero había algo que se repetía bastante y era esta idea de que cuando eso finalmente pasara, yo iba a sentirme más tranquila, más segura o más en paz.
Y es curioso porque muchas veces esas cosas sí terminaban pasando, los proyectos salían, los problemas se resolvían, las metas llegaban pero sin embargo, después de esa alegría inicial, que obviamente existía, mi vida seguía pareciéndose bastante a mi vida: seguía teniendo preocupaciones, incertidumbres, cosas por resolver y momentos de ansiedad.
Durante mucho tiempo pensé que eso significaba que todavía no había encontrado «eso» que estaba buscando. Que quizás necesitaba lograr algo más, avanzar un poco más o resolver alguna otra cosa pendiente. Pero con los años empecé a darme cuenta de que quizás el problema no era que me faltara algo, sino la expectativa que estaba poniendo sobre determinadas metas. Porque creo que muchas veces no perseguimos solamente objetivos, también perseguimos emociones: queremos terminar un proyecto porque imaginamos la tranquilidad que vamos a sentir después, queremos lograr determinada meta porque creemos que nos va a dar confianza, queremos resolver un problema porque pensamos que ahí, recién ahí, vamos a poder relajarnos.
Y aunque los objetivos pueden traer satisfacción, alegría o incluso alivio, hay algo que ningún logro puede hacer: cambiar de manera permanente nuestro estado emocional.
De hecho, hay una explicación bastante interesante para esto. Nuestro cerebro tiene una enorme capacidad para adaptarse a las circunstancias, incluso a las positivas. Algo que durante meses o años deseamos intensamente termina convirtiéndose en parte de nuestra normalidad mucho más rápido de lo que imaginábamos. En psicología esto se conoce como adaptación hedónica y explica por qué muchas veces aquello que parecía que nos iba a cambiar la vida termina integrándose a nuestra rutina cotidiana, y no porque seamos desagradecidas o porque nunca estemos conformes, sino porque el cerebro está mucho más entrenado para detectar lo que falta que para quedarse observando lo que ya consiguió.
Y creo que entender esto cambia bastante la forma en la que vivimos nuestros objetivos. Porque nos permite dejar de esperar que una meta nos regale algo que quizás tenemos que aprender a construir mientras caminamos hacia ella.
Quizás la tranquilidad no está escondida detrás del próximo logro, quizás el verdadero desafío es aprender a no poner toda nuestra esperanza emocional en aquello que todavía no llegó.
Recurso
Un ejercicio para esta semana <3
Te propongo algo simple [pero valioso].
Hacé una lista de 5 cosas que hoy forman parte de tu vida cotidiana, pero que en algún momento deseaste muchísimo.
Puede ser algo grande o algo chiquito, por ejemplo: un trabajo, una mudanza, una amistad un hábito, tener más tiempo para vos, vivir sola, recibirte, animarte a hacer terapia, sentirte mejor que hace algunos años.
Lo importante es que sean cosas que alguna vez estuvieron del lado de los deseos y que hoy están del lado de tu realidad.
Y después preguntate:
¿Cuánto tiempo hace que dejé de registrar esto porque se volvió normal?
Porque muchas veces la mente está tan ocupada mirando lo que falta que deja de reconocer todo lo que ya construimos.
Y no se trata de conformarse ni de dejar de tener objetivos, se trata de recordar que la vida no empieza cuando llegás a la próxima meta.
La vida también está pasando en todo eso que alguna vez soñaste y hoy ya es parte de tu día a día.