Hay algo sobre lo que vengo pensando bastante últimamente y es la cantidad de veces que asumimos que el problema es que nos falta disciplina, cuando quizás el problema es otro completamente distinto.
Me pasa a mí y lo veo todo el tiempo en consulta. Personas que sienten que deberían estar entrenando más, siendo más constantes, sosteniendo mejor sus hábitos, avanzando más rápido en sus proyectos o dejando de procrastinar determinadas cosas. Y casi siempre la conclusión a la que llegan es la misma: si tuvieran más disciplina, todo sería más fácil.
El problema es que muchas veces esa explicación es demasiado simplista. Porque cuando uno mira un poco más de cerca cómo viene siendo la vida de esa persona, generalmente encuentra algo bastante distinto. Encuentra semanas llenas de responsabilidades, preocupaciones, decisiones, incertidumbre, exigencia y una lista mental interminable de cosas que hay que resolver. Encuentra personas que intentan estar presentes para todo el mundo, rendir bien en el trabajo, cuidar sus vínculos, ocuparse de su salud, sostener hábitos saludables, avanzar con proyectos personales y además hacerlo todo sin sentirse sobrepasadas.
Y honestamente, cada vez me pregunto más si es razonable esperar que alguien pueda sostener semejante carga sin que en algún momento empiece a sentirse agotada.
Creo que muchas veces confundimos agotamiento con falta de disciplina. Interpretamos la dificultad para sostener determinadas conductas como una falla personal, cuando en realidad puede ser la consecuencia bastante lógica de estar intentando funcionar durante demasiado tiempo con el tanque en reserva. Y hay algo interesante que pasa cuando vivimos durante mucho tiempo con estrés, preocupación o demasiadas demandas al mismo tiempo. Solemos pensar que la disciplina depende únicamente de la fuerza de voluntad, pero en realidad nuestra capacidad para sostener hábitos también depende de algo mucho más básico: tener recursos disponibles.
Desde la psicología sabemos que funciones como la atención, la planificación, la toma de decisiones o el autocontrol consumen energía mental. Por eso cuando llevamos semanas —o incluso meses— intentando resolver problemas, adaptarnos a cambios, gestionar emociones difíciles o sostener niveles altos de exigencia, es bastante normal que nos cueste más hacer aquellas cosas que sabemos que nos hacen bien. Y no porque de repente nos volvimos menos disciplinadas, o porque nos falte compromiso, sino porque nuestro cerebro también tiene límites.
Y entender esto cambia bastante la manera en las que nos vinculamos con nosotras mismas. Porque en lugar de preguntarnos inmediatamente «¿qué me pasa que no puedo sostener esto?», quizás podemos empezar a preguntarnos algo diferente: «¿cuantas cosas estoy intentando sostener hoy?»
Porque ese pequeño cambio en la pregunta puede llevarnos a buscar las soluciones en otro lado <3
Recurso
Un ejercicio para esta semana <3
Un ejercicio para esta semana
La próxima vez que te encuentres pensando «debería ser más disciplinada», frená un segundo y hacete estas tres preguntas:
- Si una amiga estuviera viviendo exactamente las mismas semanas que yo estoy viviendo, también pensaría que le falta disciplina?
- Estoy intentando incorporar algo nuevo o simplemente intentando sobrevivir a demasiadas cosas al mismo tiempo?
- Si mi nivel de energía fuera la batería de un celular, en qué porcentaje estaría hoy?
Puede parecer algo simple y básico, pero muchas veces nos exigimos hábitos, productividad y rendimiento de una persona que tiene la batería al 100%, cuando en realidad estamos funcionando al 20%.
[y desde ahí, cualquier objetivo se vuelve más dificil]